Juventud, amor y responsabilidades: Paternidad a los 23 años
- Mi Cuerpo/Min Krop

- hace 6 horas
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"Amar no siempre basta. Criar, convivir y sostener una familia siendo muy jóvenes es una aventura que nadie enseña; exige acuerdos diarios, paciencia y diálogo, especialmente cuando la vida cotidiana está marcada por largas jornadas de trabajo."

Me separé de la mamá de mi hija cuando la niña tenía apenas cinco años. Nos convertimos en padres siendo muy jóvenes: ambos teníamos 22 años cuando supimos del embarazo y 23 cuando nació nuestra hija. Nadie está realmente preparado para la aventura de criar, conformar una familia y asumir las responsabilidades que implica la crianza y la vida en pareja. Amar no siempre basta; convivir exige acuerdos diarios, paciencia y diálogo, especialmente cuando la cotidianidad está atravesada por largas jornadas de trabajo.
Con la mamá de mi hija compartí momentos inolvidables. Viajamos haciendo autostop, dormimos en residencias, hostales o donde nos alcanzaba la noche. Visitamos parques naturales, asistimos a conciertos de las bandas que nos gustaban y acampamos a orillas del río.

Éramos jóvenes, curiosos y libres. Cuando nació nuestra hija, aunque nuestras actividades se redujeron por la nueva responsabilidad, no dejamos del todo aquello que nos hacía sentir vivos.
Con el tiempo, los días comenzaron a volverse repetitivos. Poco a poco, las obligaciones laborales ocuparon los espacios de ocio y encuentro.
Sin darnos cuenta, nuestra comunicación se redujo a un:
-Buenos días, apresurado antes de llevar a la niña al jardín
-Buenas noches, cansado al final de la jornada.
La vida se convirtió en una secuencia de tareas domésticas, trabajo informal y preocupaciones económicas diarias. Ella trabajaba como ayudante de cocina y mesera, de lunes a sábado, desde muy temprano hasta entrada la tarde. Yo desempeñé múltiples oficios: obrero de construcción, pintor de casas, recolector agrícola y domiciliario.
Mis jornadas también eran extensas, incluso algunos domingos, con la esperanza de sumar unos pesos más. El cansancio físico era tal que el único deseo al llegar el domingo era dormir, descansar, apagar el cuerpo.

Ese agotamiento constante nos llevó a descuidar los vínculos emocionales. No dejamos de amarnos, pero el diálogo se fue perdiendo. Las palabras comenzaron a pesar, las conversaciones se agotaron, y la rutina quedó grabada en nuestras cabezas. Con el paso de los años, ya no había mucho nuevo que decirnos.
Cuando nuestra hija cumplió cinco años, la rutina había hecho estragos. El silencio se transformó en frustración y la frustración en rabia. Teníamos casi 28 años y habíamos olvidado cómo hablarnos. Un día, ella no soportó más y decidió marcharse con nuestra hija. Sentí cómo se me arrugó el corazón.

Esa misma noche viajaron a Bogotá. Al día siguiente tomé el primer transporte para ver a mi hija. Compartimos una ensalada de frutas y le expliqué que, a veces, las personas necesitan alejarse para ver con mayor claridad. Sabía que el cansancio había apagado las palabras, pero no el amor. Me despedí con la promesa de volver pronto, aunque no sabía cuándo.
Éramos jóvenes, nos queríamos, pero aún no comprendíamos del todo la responsabilidad que implica sostener una familia.
“La salud mental de los cuidadores es muy importante. Por eso, hacer uso de servicios psicológicos nos permite reconocer el cansancio emocional, prevenir el desgaste y fortalecer los vínculos familiares, especialmente cuando la paternidad llegó en etapas tempranas de la vida.”
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